Cuando ya no importe, de Juan Carlos Onetti

Llevo años tratando de entender a Juan Carlos Onetti, solo me queda amarlo. Es muy conocida mi afición por comprar libros de este autor y conservarlos muy cerca, como si pudieran resultar útiles en el diario vivir. Pero son todo menos útiles. En un día cualquiera se me ocurrió tomar su última novela, Cuando ya no importe, y debo confesar que me ha costados semanas y semanas leerla. La abría por breves momentos porque su oscuridad es tan densa como un agujero negro que te roba toda energía -que se robó toda la energía de Onetti y lo sentenció a la cama-.

En tal caso, me obligo a escribir esta reseña porque quisiera registrar mis emociones al terminar este asunto llamado Santa María, un pueblo fantasma reducido a cenizas y prostíbulos. Sabemos que la obra de Onetti gira alrededor de este pueblo ficticio que nació de la realidad contada en un libro, pero que era de mentira. Es muy complicado explicar a Santa María porque está rodeada de chismes, entonces unos dirán que es el lugar donde la gente va a morir y otros aseguran que es el lugar donde los perdidos se sienten en casa.

Yo no sé explicar muy bien qué es Santa María porque parece que es todo y que termina como la vida: en la nada. En Santa María habitan personajes muy fantásticos como apagados: un tal doctor Diaz Gray, un tal señor Dios llamado Bausen, un ambicioso, gracioso perdedor llamado Juntacadaveres. Todos son personajes manchados, maltrechos y poco nobles, pero casi honestos entre ellos.

Cuando ya no importe es un diario de pensamientos, un catálogo de días que registra un tal señor Carr quien se mudó a Santa María para trabajar como guardia de seguridad de una represa. Se trata de un trabajo insulso que roza la legalidad. En realidad, Carr no tiene como labor precautelar las instalaciones, sino fomentar las actividades ilícitas que se cometen en sus alrededores. Hay momentos de esta novela que te ponen la piel de gallina y te hacen pensar: «¿cómo puedes ser tan cruel, mundo cruel?»

Esta novela marca el final de Santa María y su larga agonía casi nos hace pedir que sea un suicidio. Porque después de leer esta novela de intrigas podemos ver a la suciedad en cada uno de nosotros, esa perversión casi ridícula de querer aprovecharse del otro. Quería registrar estos sentimientos tan impuros porque no quiero quedarme con solo esta imagen sucia de Santa María, de Onetti, de todos los escritores. Estoy segura que hay algo más allá de las derrotas.

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