Mete gol, gana

Foto: Andrés Ortiz

Foto: Andrés Ortiz «Cuco»

Mete gol, gana

Para Andrés G.

Faltaban cinco minutos para que empiece el partido y ya no sabía qué decirle a Cecilia. Ella no pronunciaba palabra, con los brazos cruzados y una sonrisa como pintada en el rostro. Por fin -o al menos eso pensó Pablo- el árbitro llamó a los jugadores, quienes empezaron el ritual. Medias bien apretadas, escupitajo en el piso, saltitos acompasados, brazo en el hombro del compañero para estirar la pierna, un último reojo hacia la chica y a la cancha.

Pablo se puso sus guantes y acomodó la visión para cubrir los ochocientos metros cuadrados. El juez no pitaba el inicio del encuentro y el arquero ya gritaba a su equipo:

-¡Cabeza, muévete al centro; cubrirás, Chinchulín!-

Sus compañeros lo miraron absortos, ¿desde cuándo Pablito se ponía tan efusivo antes de un partido? Los muchachos estiraban sus cuellos y correteaban en su propio sitio al momento que el árbitro pitó. Los adversarios tomaron el balón e iniciaron una segudilla de pases que terminó por acercarlos al área. El capitán de los contrarios era un tipo de cara fija en el objetivo, pocos amigos, muchas nenas, par detenciones por conducir ebrio y una madre sobreprotectora. Pablito no temblaba, sentía a la parca. Y la llegada del gigante era inminente después de ver cómo sus compañeros caían cual piezas de dominó tras tingazo. El arquero apretó los dientes y clavó la mirada en la pelota que se desprendía del píe del atacante y se convertía en un misil dirigido a la red. De repente, recordó la voz de su hermano que le enseñaba esos truquitos mientras practicaban algunos penales en el patio de la casa de la abuela:

-A la pelota, siempre mirando a la pelota. No al jugador, Pablito-

Como siempre, el arquero del equipo Derby FC respetó el consejo de su hermano mayor y, cuando pensaba que lo tenía todo controlado, vinculó su rostro al balón que hundía su nariz y rompía sus capilares. Mientras, Cecilia miraba con toda atención cómo un escarabajo se resistía a morir ahogado en una mancha de aceite.

Dos minutos después, el árbitro pudo contener la risa y pitar el reinicio del juego. El marcador lucía un tanto en contra de Derby. Pablo apretó los pedazos de papel higiénico que colocaron en sus fosas nasales. La muchacha se había retirado a buscar un palito para sacar al escarabajo de su sufrimiento. Pero la paciencia flaqueaba en los muchachos al ver que su arquero los tildaba de palillos sin vida, astros desvanecidos y gelatinas con ojos. Por fin, el capitán del equipo decidió aclarar la situación y un buen grito salió de su garganta:

-¡Pablo, cállate chucha!-

Esta vez, Cecilia abrió los ojos como dos platos y quedó estática con el palito y el escarabajo colgando de la mano. Pablo la miró de reojo, arrepentido de haberse puesto esos pantaloncillos que le quedaban apretados y aquellas medias con hueco. Al mismo tiempo, un atacante flaquito y trompudo acertaba otro gol en la portería de los Derby.

-Goooooooool- gritó el flaco en pleno rostro de Pablo y su saliva le embarró la cara. Entonces, el instinto valió más que la vergüenza y el meta lanzó un puñetazo al trompudo, que luego se convirtió en par patadas, un codazo y el respectivo escupitajo de hombría.

Cecilia se había acomodado de nuevo en la fría silla de metal, con las piernas cruzadas al igual que sus brazos.

El resto del primer tiempo transcurrió sin novedades ofensivas por parte de los contrarios. Como Pablo contuvo sus gritos, sus compañeros pudieron concentrarse y aprovechar un descuido de la defensa para lograr un tanto. El árbitro pitó el entretiempo y los jugadores sudados y semiensangrentados se retiraron del césped artificial. Pablo iba detrás de todos ellos, acompañado por el capitán del equipo.

-De gana la trajiste. Ni juegas bien ni quedas bien con la man-

-Ella insistió, qué tarado soy-

Una vez en el camerino, el DT fue muy claro en su resolución:

-Panchito, te vas al arco y vos, Pablito, te quedas quietito en la banca-

-No, profe. Ya no la cago, estaba desconcentrado, nada más- le respondió Pablito, mientras el resto del equipo se miraba. Él era su amigo de toda la vida, siempre soñaron con jugar un campeonato así, con árbitro pagado y uniformes. Llegar a semifinales había sido un reto, pero Pablito era pana. Eso es lo que importa.

-Déjelo jugar, profe- dijo el Cabeza y los demás lo acompañaron.

El técnico era contratado, le pagaban con las cervecitas a la salida, y consideraba que Pablo era un muy buen arquero, hasta hoy. La insistencia fue tal que decidió aceptar.

De nuevo en sus posiciones y con un viento helado que recorría sus piernas. El capitán regresó a ver a Pablito solo para descubrir que no estaba en su posición. El arquero corría hacia la chica cuando faltaban segundos para que el juez marque el inicio del segundo tiempo. Pablo sacó una chompa de su maleta y se la brindó a Cecilia.

-Suerte, peque- le dijo ella con una sonrisa.

Derby se había puesto las pilas y marcó dos goles en los primeros quince minutos. Claro, Pablito se había lucido atajando un sorpresivo ataque del trompudo que tenía pinta de letal. El partido parecía en el bolsillo del Derby, cuando el árbitro anunció un penal en su contra resultado de una barrida que iba directamente al balón.

-Árbitro de mierda- murmuraba Pablito mientras se acomodaba y clavaba la mirada en el balón.

Los rivales festejaron el gol con mucho más ahínco y el partido terminó, habían acordado desempatar en penales. De vuelta al camerino, Pablo se lavó la cara y se acomodó los churos. En el reflejo del espejo vio que Cecilia se asomaba recelosa por la puerta.

-Solo quería despedirme, ya me tengo que ir- le dijo ella.

“Dos derrotas en una noche”, pensó Pablito mientras la miraba alejarse.

-Todo bien muchachos, solo son cinco atajadas y nos largamos a festejar- dijo Pablito ante la mirada de digna desconfianza de sus amigos. El profe confiaba en que la suerte estaba de su lado o que las cervezas vendrían con la victoria o con la derrota. Llegaba el primer disparo y Pablo se acomodaba en el arco:

-Nadie te ve, taparás- le gritó un Derby.

“Salimos de esto y le voy a ver a la casa. O mejor me voy a chupar y le mando un mensaje”, pensó el arquero. Estaba distraído, ni siquiera escuchó al juez y solo cerró los ojos. Un grito de alegría salió del Derby, primera atajada y de pura leche.

-Abrirás los ojos para la próxima- le dijo el capitán, Pablito sonreía. Tal vez la suerte sí estaba de su lado. Una sombra se movió entre los camerinos, pero nadie la percibió cuando el rival atinó el gol.

En total, Pablito atajó un penal más y Derby falló tres tantos; la diferencia estaba a favor del rival. Para el último penal, el grandote se dispuso a patear un balón que parecía pelota de tenis en sus pies. Los muchachos se comían las uñas, sus piernas temblaban en cuclillas, Pablito fijó su mirada en el esférico y sintió cómo una gota fría resbalaba por su frente. El balón apenas rozó el empeine del gorila y voló con increíble fuerza hacia la esquina superior del arco. Pablo se estiró, su cuerpo era una saeta que tenía como destino el balón, pero solo logró rozarlo mientras entraba al arco. Pablito cayó al césped con un golpe seco, aún no comprendía lo que pasó: se acabó el campeonato, no jugarían más. Los Derby se retiraban de la cancha con caras largas, se daban pequeños golpes en la espalda, remedos de abrazos. Se cambiaron en silencio, el técnico fumaba sentado en donde alguna vez estuvo Cecilia. Los muchachos no atinaban ni a mirarse, pero escuchaban los gritos que llenaban el camerino rival. Una vez afuera, se despidieron, prometieron seguir hablando y festejar por llegar tan lejos. Pablo se dirigió a su auto y encontró a Cecilia arrimada al vehículo.

-Casi tapas ese último penal- le dijo ella.

Él no atinó a decir nada, con cara de bobo balbució algo que ella ni siquiera intentó entender. Los muchachos se paralizaron para ver el desenlace, y Pablo la besó.

-Vamos a comer- dijo él, pero ella prefirió ir a tomar una cerveza con los demás chicos. El técnico se quedó en la cancha, mirando cómo sus pupilos festejaban ni sé qué victoria.

Daniela Rizzo

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