Tito

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Tito

Tito nació un 17 de enero. Cuando llegó a mi casa era una bola de pelos con cuatro patas diminutas y dos capulíes como ojos. Era un perro con alma de gato: no le gustaba que le acaricien, solo aguantaba dos minutos de mimos. Pero estaba siempre presente, me acompañaba a donde vaya a dos metros de distancia. Cuando me acostaba a leer, él se quedaba dormido en la esquina de la cama.

Tito sabía los secretos del Universo. Yo veía esos capulíes y le preguntaba acerca del sentido de la vida, sobre el bien y el mal. Tito solo me miraba con sabiduría y se daba la vuelta. Él conocía todas las respuestas, solo que no quería decirlas. Vino cuando yo era una niña que jugaba a ser banquera –era dueña del Banco del Oso-. Y continuó a mi lado hasta que cumplí 25 años.

Tantas preguntas que quedaron sin respuesta. La vida era más linda con Tito, podía hacerle enojar o conversar con él de los temas más aburridos. Él siempre creyó ser mejor que los seres humanos, pero no se apartó nunca de nuestro lado. Jamás habrá otro perro como Tito, pero lo encuentro en los ojos de cada animal que me mira. Era de otro planeta, de uno en el que la única pregunta es: ¿en qué rincón de la casa voy a dormir hoy? Y ahora duerme en todos lados.

 

Fotografía: Gonzalo Rizzo

 

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